VIAJES DE ENSUEÑO

LO MÁS BARATO

Friday, December 01, 2006

Mi matrimonio intersecular

No es cierto. Estoy soñando. Mi mano toca el reclinatorio tapizado de terciopelo rojo; me levanto. A mi lado él también se pone de pie. Es un hombre alto, delgado, con aspecto de filósofo del Renacimiento.

No puede ser cierto. Hacemos una pareja absurda ante un altar. Yo con un traje de novia blanco lleno de puntillas y él vestido como Voltaire, con su coleta de pelo gris adornada por un lazo negro a juego con un traje del mismo color de pantalones bombachos y medias blancas, como la camisa también blanca que parece que le prestó el Conde Orgaz antes de ser amortajado por el Greco en un cuadro de concurrido entierro.

No parece veraz la escena en la que estoy metida. Pero yo y el individuo antiguo estamos rodeados por mi familia que me recuerda a un ejército cumpliendo órdenes del Altísimo Dios que me condena a una boda intersecular que no entiendo ni parece que entiende este hombre pálido que toco y no siento carne sino señor hueco.

Parece real y lo es. Mis padres en primera fila ejercen de padrinos del disparate histórico. Mi madre, preocupada por la cola de mi vestido que arrastra toda la tela del reino, le dice a los invitados que no la pisen cuando se acerquen a ser testigos del sí quiero. Una vez que fija las normas del sacramento discute con mi padre el menú del banquete con tantos platos como variedad de comidas ella conoce. Ha encuadernado los folios escritos con su letra de perfecta caligrafía en un libro que me recuerda al Quijote pero no es obra de Cervantes ni tampoco son las Sagradas Escrituras como creen los dos sacerdotes vestidos con el traje que lucía Inocencio X en su retrato. Mi madre pone orden. Es una mujer que sabe mandar. Todos callan. Los sacerdotes visten una casaca blanca y se olvidan del menú del banquete. Empieza la misa. Los testigos nos rodean porque allí antes de la Eucaristía toca el matrimonio que me va a enviar a la época de la Inquisición o va a traer al cónyuge de mi derecha al siglo XXI. No lo sé. No sé nada. Bueno, si; sé que no entiendo absolutamente nada. Tíos, primos, parientes cercanos y lejanos me rodean. Han firmado la paz de las guerras familiares bajo la cúpula que corona de gloria arquitectónica la Iglesia.

Parece real la voz vacía de acento que dice sí a todo a mi lado ejerciendo de creyente en Dios y haciéndose yerno de mis progenitores que empiezan a prohijarlo con sonrisas de aceptación. Siento que el trozo de historia cobra vida en cada sí y alcanza la plenitud en un sí quiero sinfónico no apto para mis delicados oídos, que arranca aplausos de los presentes incluidos los clérigos cantando el Aleluya como si yo fuera la única mujer de la Tierra y de mi dependiera la multiplicación de la especie humana. De mi y de mi cónyuge ingrávido en traje perfumado con antipolilla.

Parece real hasta mi no que nadie quiere oír. Intentan abrazarme, darme la paz. Mi madre los coloca en fila de carnicería de supermercado, todos con un número para un beso a la novia. Como siempre, ella es la jefa. Dice, opina, ordena y manda. El último en recibir mi beso es el novio, porque a él le ha tocado conmigo la lotería y a mi la locura de novia raptada para la faena del cruce de siglos distantes.

Parece real y va a serlo. Han ganado todos los que se empeñaron en casarme. Abrazo a mi esposo del siglo XVI o XVI o de alguno de esos siglos lejanos con una fuerza sobrehumana y me abraza. Abro los ojos al sentir sus labios fríos. No hay nadie. Han desaparecido los testigos. Pero está el hombre renacentista con tics barrocos que me han endosado para el resto de mis días si el Papa Benedicto no se apiada de mi triste destino de esposa intersecular y me bendice con una anulación eclesiástica que rompa este abrazo que me asfixia.

No puede ser cierto pero siento mi cabeza apoyada en su pecho y su corazón centenario latiendo vida en mi oído derecho. Todos se han ido dejándome sola con mi destino conyugal. Mis padres también se fueron a quitarse las preocupaciones del banquete opíparo saboreando un menú que empieza en percebes, agota todo el marisco de las rías gallegas y pone en peligro de extinción los corderos merinos de las Castillas. Me siento culpable del desastre ecológico que han hecho mis progenitores para casarme en un vestido adornado con todas las puntillas de Camariñas. Pero empiezo a sentirme cómoda abrazada a mi cónyuge antiguo. Es blandito, cariñoso, tranquilo. Se deja abrazar. Y ahora no huele a antipolilla.

Es cierto pero no puede serlo. Un corazón antiguo es imposible que se agite tan deprisa ni en un infarto que provoque un batido de sangre elevando el sonrojo hasta la cara pálida pegada a mi mejilla. Me abrazo más al cuerpo centenario para calmar los latidos locos. Estamos en mi siglo y se asusta. Pobre. No hay hombres de coleta lacada y bombachos. Ni ninguno que lleve camisas estilo Greco. Sus latidos ganan decibelios en una sonata que anuncia muerte de hombre viejo. Calla. Pero sigue ahí en mi abrazo y yo en su abrazo, los dos entrelazando brazos. No oigo su corazón. Empiezo a asustarme convencida de que mi marido secular me ha arrastrado a su época de complicados vestidos vaporosos con corsés que quitan el aliento en una cinturita de avispa. Su corazón vuelve a latir suavemente, pero el tic tac me suena a pío pío. Se oyen pasos. Reconozco los tacones de mi madre. Viene a buscarnos para la fiesta por si nos habíamos olvidado de que nuestra misión es cortar una tarta herculina cimentada en una pirámide de bizcochos regados de albariño.

Es cierto que la señora de los tacones es mi madre. Con su voz de ordeno y mando pone fin a mi matrimonio intersecular nocturno. Ahora sólo quiere que me levante porque sonó el despertador y no lo oí, porque no voy a llegar a tiempo al trabajo, porque... ¡déjalo!, ¿qué más da? Me siento viuda del hombre antiguo con cuerpo blandito de almohada y corazón tic tac de reloj despertador pío pío.