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Tuesday, July 03, 2007

Relato: La mesa rota

 El niño está enamorado. ¿No lo sabrá ella que lo ha parido? Lo ve jugar con la comida en el plato, y sufre. ¿Será una buena chica la novia? Está haciendo cábalas sobre quién será ella, cuando su hijo se decide a hablar.
 
 -Tengo que deciros una cosa...
 
 Se hace silencio. La abuela tose para romper el hielo.
 
 -Quiero deciros que...
 
 Ahora tose Javierito.
 
 -Bebe, hijo.
 
 Marisa le sirve más agua.
 
 -Deja, mamá.
 
 Javierito mira a su padre y suelta el notición:
 
 -Soy gay y me voy a casar con mi novio.
 
 El puño del padre se estrella sobre la mesa provocando un cráter en el cristal oculto por el mantel bordado a mano.
 
 La madre lloriquea. Su único varón es homosexual. Dios le ha hecho una faena.
 
 -¿Y quién es tu novio, hijo?- pregunta la abuela.
 -No os lo puedo decir hasta que salga del armario.
 -¿En qué armario lo escondes?
 -Quiero decir que mi novio todavía no dijo en su casa que es gay.
 -¡Basta!
 
 El puño derecho del padre vuelve a estrellarse en la mesa. Varios vasos vuelcan dejando un río de vino mezclado con agua que empieza a absorber la tela del mantel.
 
 -Antonio, por favor. Seamos civilizados.
 
 El padre no le hace caso a las súplicas de la esposa. Su genio incivilizado vuelve a estrellarse en un cuarto puñetazo. El hijo se levanta. Marcha. Vuelve el silencio a la mesa, pero nadie come.
 
 Media hora después sueña el teléfono. Es la esposa del socio de Antonio.
 
 -Mi hijo ha salido del armario y se quiere casar con el tuyo, Marisa. ¿Qué te parece?
 
 A Marisa le parece el fin de la familia. Antonio la va a dejar. NO le dijo nada, pero seguro que la culpa de la homosexualidad del niño. Siempre la acusa de haberlo mimado.
 
 En casa los apoyamos, querida. Si se aman, adelante. ¿Qué dice tu marido?
 -Nada. De momento sólo rompió la mesa del salón.
 -¡Qué horror!
 -Peor sería si le pagara a su hijo.
 
 Viene la noche y Javierito no regresa. Las hermanas dicen que hay que ser modernos, pero el padre no está por la modernidad.
 
 -En mi casa no habrá maricones.
 
 Pasan los días y sigue sin haberlos. Marisa llama a su niño, le envía dinero, le promete convencer a Antonio de que los tiempos han cambiado.
 
 Un día Antonio llega furioso a casa.
 
 -¡Se han casado!
 -¿Quienes, querido?
 -Nuestro hijo maricón y el hijo maricón de mi socio.
 
 Marisa calla.
 
 -Han hecho un negocio -dice la abuela-. La empresa tiene un gran futuro en ese matrimonio.
 
 Antonio está de acuerdo. Su puño vuelve a estrellarse sobre la nueva mesa de cristal del salón.



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