NOVEDADES

Saturday, May 16, 2009

Relato: Los okupas

 Se asomó al balcón temerosa. Podían ser los dueños, unos amigos, hasta podían ser unos policías de paisano la pareja que se apeaba del automóvil. Tumbado en un sillón tapizado con piel estampada, Mariano jugaba con un puro apagado, ajeno a toda preocupación.
 
 -Ven aquí, nena, somos okupas.
 -Parecen novios -musitó Elena.
 -Quienes?
 -La pareja del coche azul. Están mirando la casa que se vende, la de enfrente.
 -Unos tontos -Mariano tira el habano a la mesa y prosigue-. Papá, mamá, dos niños, canario y perro, más la tía Hipoteca. Prefiero nuestra vida, nena. Me gusta ser okupa a mi aire. Vamos por la vida sin equipaje. Mírate, nena. Te has vestido con ropa de alta costura, te maquillaste con las pinturas de esa mujer de las fotos, calzaste sus zapatos. Y a mí aquí me tienes en plan señor. ¿Sabes lo que cuesta el traje que llevo? ¡El sueldo anual de un mileurista!
 
 Elena se estremece. ¿Y si los pillan? ¿Cuántos años de cárcel les caerían? Llevan cinco años viviendo a salto de casoplón deshabitado. En una ocasión tuvieron que salir de madrugada pitando porque llegaron los dueños y no era el caso de enfrentarse. Mariano no quería problemas. Siempre fue un hombre pacífico.
 
 -¡Vienen hacía aquí! -exclama Elena, asustada.
 -Querrán información sobre la casa en venta -aventura Mariano-. Voy a recibirlos, nena. Hace tiempo que no me relaciono con mortales comunes y me apetece hablar con un hombre dispuesto a hipotecarse.
 
 Les abre la puerta al primer timbrazo. El hombre, de cerca, suma unos cuarenta años y la mujer se ve igual de joven.
 
 -El cartel dice que aquí dan información sobre la casa. ¿Cuánto cuesta?
 
 Mariano los invita a café. Les cuenta que la casa la venden para pagar la residencia de sus viejos.
 
 -Nos cuesta un riñón.
 -Yo cuidé a mis padres en casa.
 -Mis viejos son difíciles de cuidar, amigo. Siempre discuten con mi mujer; no se entienden.
 -¿Están casados? -pregunta la joven-. No llevan ustedes alianzas.
 -Tratadnos de tú, por favor. Sí, estamos casados. Las alianzas las guardamos en la caja fuerte del banco-.  Mariano baja la voz-. Son de oro blanco con diamantes incrustados.
 
 Elena lo deja hablar. Ella sonríe y calla. Casi se le escapa una carcajada cuando Mariano invita a la pareja a probar la casa.
 
 -Disfrútenla gratis un fin de semana. Después me cuentan.
 
 La pareja acepta. Un día llegan con un monovolumen lleno de chiquillos y se instalan. Mariano les da la bienvenida, permite que le presenten los seis hijos que han tenido en ocho años de feliz matrimonio, acaricia un perro que traen, les da la enhorabuena cuando el padre le confiesa la llegada del séptimo hijo para agosto.
 
 Esa noche quienes llegan son los dueños de las dos casas. Mariano y Elena marchan con lo puesto.
 
 -Deberíamos haber robado un coche. Estoy cansada de andar -se queja Elena.
 -No nos hace falta. Pronto encontraremos otra casa para disfrutar -contesta Mariano.
 
 Cuando suben al tren en un apeadero próximo, oyen las sirenas de la policía. Parece que van a detener a los otros okupas.