
No quedaban libros en la casa del tío Arturo el día de su último adiós. El tío había repartido su colección de clásicos entre sus amigos. Lo quisieran o no, todos aceptaron como recuerdo un viejo libro lleno de notas en los márgenes y subrayados que les entregaba el agonizante.
El tío tuvo su recompensa en el funeral: el sacerdote, agasajado en su día con "El Quijote", lo recordó como un hombre culto, apasionado por la literatura clásica y digno heredero de Alonso Quijano.
-¡Yo fui su Dulcinea! -gritó una vecina con la cabeza perdida, la pobre.
No pudimos evitar reírnos. Mi tío Arturo había conseguido lo que siempre quiso: ser despedido con una sonrisa en los labios de sus seres queridos.