He llegado a la etapa de las Navidades tristes. Me faltan antepasados vivos y no han llegado a mi vida descendientes para traerme alegría. Es como si quedara en el andén, perdiendo los dos trenes: el que se fue y el que no ha venido.
Me fuerzo a sonreír. Me hablo a mí misma en el espejo. Intento engañarme. También intento comprar alegría endulzando la boca con polvorones como los de antaño, turrones como los que le gustaban a mi madre, bebidas que tuvimos en nuestra mesa cuando éramos todos los que fuimos.
La Navidad es dura como un puñal en un bizcocho. Te desmorona. Te hace polvo. Te hunde en el sótano de ti misma. Te hace llorar como una plañidera que asiste a su propio entierro adelantándose al tiempo final.
No, no me gusta esta Navidad triste que estoy viviendo. Me faltas tú, mamá. Me faltas mucho. Te echo tanto de menos que el turrón que te gustaba me sabe a pena. Todo me sabe a pena. ¿Por qué no habré ido a trabajar como el año pasado? ¿Por qué dije que no iba a Oleiros? ¿Por qué no quise servir los platos en la residencia donde tú le dijiste adiós al mundo... o el mundo te dijo adiós a ti?...
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